Recuerdo a Roquentin, sumido en la melancolía, contemplando la raíz de un castaño que se sumergía en la tierra justo debajo de su banco. Olvidó que era una raíz, pues olvidaba las significaciones que los hombres le dan a las cosas. Simplemente veía una masa oscura, negra y nudosa. Y entonces tuvo una iluminación que lo hizo comprender el porqué de su Náusea, sentimiento que desde hace un tiempo le revuelve el estómago y hace que todo le empiece a flotar. La iluminación entrañaba que la cosa que miraba con detención -que los hombres denominan raíz- estaba ahí como materia, por lo tanto existía porque era materia y no un concepto abstracto en su mente. Un círculo -pone como ejemplo- “se explica por la rotación de un segmento de recta en torno a uno de sus extremos”. Esa explicación es posible porque el círculo no existe. "Un plato es un círculo" -alguien podría objetar-, sin embargo, estaría pasando por alto que un plato es materia y eso hace que el plato sea; de ningún modo lo hace existir su forma circular. En este sentido la raíz del castaño, masa dura, compacta y de aspecto aceitoso, calloso y obstinado -como él la describe- existe en la medida en que no puede ser explicada. Aunque sabemos que una raíz es el órgano que fija la planta al suelo no podemos pasar de su función de raíz a lo que vemos cuando contemplamos una raíz. Esta incapacidad de explicar la existencia es lo absurdo o absoluto mismo.
Ahora pensemos en lo siguiente: si una raíz, que es un órgano vivo, carece de explicación ¿qué queda para el ser humano? ¿Su capacidad de razonar lo hará menos absurdo? De ninguna manera. Si de algo le sirve al hombre su capacidad de pensar es para tener conciencia de que existe, no para darle significado a su existencia. El hombre, en consecuencia, está, aparece, no pudiendo ser explicado o deducido. Su existencia proviene de la nada y se dirige hacia la nada. Recuerdo la conclusión de Roquentin, marcada por un hondo pesimismo por la absurda existencia que descubrió: “Todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad”. Cuando el iluminado comprende eso, se da cuenta que está de más en el mundo, ¡hasta si optara por suicidarse su cuerpo muerto, sus huesos, el polvo estaría de más en el mundo! Esa es la razón de su Náusea.
La sencilla dureza con que nos expresa su visión de la existencia retumba en nuestras mentes figurándonos la imagen del hombre como ser desamparado en un universo indiferente y al pensar ello es inevitable que nos venga un sentimiento parecido al que sufría Roquentin, una náusea que nos provoca el que la vida misma sea tan fútil y circunstancial. Este sentir marca la angustiosa vida de muchas mujeres y hombres en el mundo. Pero ¿es la iluminación de Roquentin la verdad sobre la existencia?
Sentado bajo el castaño contemplando la raíz olvidó Roquentin que existe un Creador Eterno del castaño, de la raíz, de la mente y del ser humano. Por simplón y pueril que parezca esa afirmación, es la realidad y a la vez su sustento. Otorga a la existencia de todas las cosas, no sólo una explicación de su existencia, sino también un propósito ¿de qué manera?
Del artificio de la mente creadora que le dio existencia proviene el castaño junto con su raíz, y no solo el castaño, sino también todos los demás árboles, plantas y elementos de este planeta y del universo. Al analizar el complejo proceso por el cual el castaño hunde sus raíces en la tierra o se eleva de ella hasta la altura de 35 metros en el cielo resulta lógico pensar que hubo Alguien que diseñó ese sistema que se resiste a la contingencia, a lo que puede ser o no ser, por estar dotado de todo lo necesario para prolongar su vida y cumplir con los variados propósitos que se le pueden asignar, como por ejemplo transformar aire contaminado en oxígeno puro, servir de alimento y albergue a pequeños roedores o de sombra en un caluroso día en un parque… en fin, cada uno de esos propósitos evidencian que un Diseñador amoroso lo puso en la Tierra para conservar, propiciar y deleitar la vida.
En cuanto al ser humano y su capacidad de pensar, que no posee un castaño, no podemos decir que viene de la nada por la misma razón por la cual no pensaríamos que un reloj que encontráramos en la vereda viene de la nada producto de la casualidad. Por consiguiente, se puede tener la certeza de que el mismo Diseñador del castaño es el que hizo existir al hombre. Lo dotó de libre albedrío, a saber, la capacidad de elegir lo que quiera hacer con su existencia; de esta forma lo constituyó un ser naturalmente libre, que tiene como esencia ejercer su libertad de elección a plenitud, independiente del medio en que esté inserto. Y también lo creó con profundos sentimientos -los cuales Él mismo posee y manifiesta- que lo hacen en distintas situaciones encolerizarse ante la barbarie y la injusticia, como enternecerse ante la tierna y liberal sonrisa de un bebé. ¡Cuánto esfuerzo hay detrás de esta maravillosa creación! Sin duda la existencia humana no es gratuidad perfecta.
El hombre no viene de la nada y tampoco se dirige a ella. “Entonces –quizás diga Roquentin- ¿para qué estamos aquí?”. La sinceridad de tu posible pregunta, oh Roquentin, merece la verdad, la de un libro considerado sagrado que reconoce que ese Creador no es otro que Dios, cuyo nombre es Jehová. En el libro bíblico de Revelación o Apocalipsis declaran acerca de Él: “Digno eres tú, Jehová, nuestro Dios mismo, de recibir la gloria y la honra y el poder, porque tú creaste todas las cosas, y a causa de tu voluntad existieron y fueron creadas”. En otras palabras, porque Jehová así lo ha querido y no por nuestra voluntad existimos. Por eso la vida resulta dolorosa cuando nos concentramos egoístamente en nosotros y nuestros intereses. No obstante, el afirmar que Dios existe no es lo mismo que decir que esa piedra existe. Cuando decimos creer en Dios resulta coherente solo si nos sujetemos a la autoridad de su Palabra y nos esforzamos por aprender qué espera de nosotros y cuál es su voluntad. Solo así hallaremos nuestra razón de ser.
Roquentin, si hubieras recordado que el castaño de tus cavilaciones tenía un Creador Eterno, que es tu propio Hacedor, de seguro habría acabado para siempre la Náusea y la melancolía en la que estabas sumido. Una paz mayor que tus pensamientos hubiera invadido tu interior; habrías dejado de mirar abajo la raíz para levantar tus ojos al cielo y dar gracias a Jehová por la iluminación que hubieras acabado de tener: la existencia humana tiene razón de ser. Si no lo hubieras olvidado, te recordaría feliz.
(Después de descontinuar la lectura de La Náusea).
Cuando leí esto por primera vez, me enamoré de la idea de la persona que está detrás de esas letras y de esos pensamientos. Sentí intriga por todo lo que está en tu mente y que no has plasmado en tu blog. Me pregunto si algunos de tus razonamientos han cambiado, o si tienes convicciones inamovibles. Alguien que escribe de tal manera debe ser difícil de descifrar, casi imposible de conocer a fondo. Si esto fuera un mundo no virtual, me gustaría escucharte y compartir ideas,en un ambiente distendido y relajado.
ResponderEliminarAgradezco su visita.
ResponderEliminarPara que no olvides tu primer amor vista jw.org, y el ambiente relajado y distendido lo encuentras todos los domingo en Caupolicán 11590, La Florida, 10:00 hrs.
Saludos.
Me imagino que la persona detrás de este Blog es tan maravillosa como sus escritos:)
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