domingo, 3 de noviembre de 2013

Verdadera libertad

"...conocerán la verdad, y la verdad los libertará."

Veo que la humanidad busca libertad, busca hacer lo que desee sin restricciones de ningún tipo, como las que imponen las leyes jurídicas, morales o de convivencia. Se ha visto, de igual manera, que por esa palabra se han librado memorables batallas, heroicas guerras y apasionadas revoluciones. Mas veo, lamentablemente, que al mismo tiempo que la humanidad busca libertad, divide el abstracto concepto en componentes concretos innecesarios como libertad de expresión, sexual, política, de culto, de prensa, etc. Y pienso que al hacerlo, la libertad como ideal pierde su valor por materializarse en formas inventadas por seres humanos que nunca han ejercido completa libertad y que, por tanto, no conocen su significado.
    Veo también que gracias a las formas de libertad inventadas por unos cuantos seres humanos las personas son cada vez menos libres, lo que no me preocupa tanto como la creencia colectiva de que somos, cada día que avanza, más libres que la noche anterior en esos aspectos. Dicha preocupación es la que me motiva a gritar cósmicamente que no somos libres y que nunca lo seremos a grado absoluto e ilimitado. ¿Algo nuevo bajo el sol?
    He escuchado en las conversaciones que estudiantes de cuarto medio sostienen sobre libertad dos ideas que llaman mi atención: primero, nadie es totalmente libre, y segundo, que para la libertad en el campo de lo humano son esenciales ciertas restricciones o reglas que la limiten, si no, no se podría convivir en sociedad, o ¿se consideraría con la total libertad de saltar del piso número sesenta del edificio Costanera Center sin esperar alguna consecuencia fatal?, o, ¿aceptaría la decisión de una libre mujer de abandonar a su niño de pecho por el deseo de ir a una fiesta con sus amigos y amigas?, o, ¿consideraría que la actuación de un hombre que viola porque quiere a una mujer es lo que representa la libertad que todos buscamos? Tales planteamientos están sujetos al juicio común que posee orientando y regido por, a lo menos, tres tipos de leyes inquebrantables e inmutables: físicas, morales y de convivencia. A eso se referían los estudiantes de cuarto medio, lo que nos deja ver que si reconocemos nuestra naturaleza de seres humanos que nos distingue de los modestos animales, a saber, nuestra racionalidad, debemos aceptar la condición de que la libertad para nosotros es relativa.Y es esa conclusión la que hace que asalten de forma espontánea nuestra mente cuestionamientos como: ¿qué es lo que llamamos libertad?, ¿se puede alcanzar?, de ser así, ¿cómo?, y así por el estilo. Si se anima, estimado lector, conocerá las respuestas a esas tres preguntas.
    Sin remitirnos a obras de consulta, libertad es lo que llamamos a la condición de hacer lo que uno quiere. Tal definición aparece de inmediato en nuestra mente porque desde que nacemos tenemos la tendencia a hacer lo que queramos. Se puede decir que es algo indispensable para el desarrollo y supervivencia del ser humano; una necesidad. Pensemos en un bebé que tiene hambre. Él hará lo posible por que su madre le dé de comer, lo que significa, en concreto, hacer lo que sea por preservar su equilibrio vital, y para ello recurrirá a su voz de mando, el llanto. Desde pequeños, entonces, hacemos lo que queremos para conservar nuestra vida, y a medida que seguimos creciendo física y mentalmente nos damos cuenta que cuando actuamos libremente nos sentimos felices. Pero llega una etapa en el que advertimos que no somos tan libres como antes nos parecía. En ese momento empezamos a anhelar más libertad. Ya no nos gustan las reglas y que nos digan lo que debemos hacer. Queremos ser libres. -¡Libre!, ¡Soy libre!, dice con ímpetu el joven que adolece de ansias de libertad. El joven, no obstante, -pasando por alto sus caprichos de joven-, está haciendo un adelanto considerable en lo que significa convertirse en un ser humano libre. Por lo mismo, no sería apropiado que los padres se escandalizaran por escuchar, según ellos, palabras colmadas de rebeldía. La realidad es que el joven pronto dejará de hacer lo que le digan y empezará a reflexionar por sí mismo para tomar sus propias decisiones, convirtiéndose en una persona madura capaz de discernir entre lo correcto y lo incorrecto y actuar libremente entre esos parámetros. De esta manera, alcanza el estado natural de ser humano, la libertad.
    Luego de esta fugaz revisión del desarrollo humano podemos decir en síntesis que libertad es, en primer término, una condición, luego una necesidad, y por último, un objetivo del mundo humano. Pero este planteamiento es posible sólo si reconocemos que el origen de la vida no es por ciego azar. De ser así, un proceso aleatorio nos hubiera arrojado a la existencia de la nada, lo que implicaría que alcanzar la madurez propicia para la libre determinación sería tan solo una aspiración irreal porque no se lograría un estado esencial del ser humano, sino un estado aleatorio y distinto para cada persona en distinto ambiente. Se nacería de la nada, se llegaría a un estado aleatorio por una débil prolongación de la vida y se volvería con la muerte a la nada. Ahora tal vez piense, entusiasta lector, que para dar fundamento a mi planteamiento será necesario que recurra a lo Eterno y foráneo a este mundo. Honestamente también encuentro que es necesario, porque es lo real que sostiene nuestra realidad.
    La verdad es que tal como no dudaríamos en reconocer que una casa es construida por alguien, tampoco dudaríamos que el que creó el universo y el ser humano es Dios. Él nos creó a su imagen y semejanza, de manera que somos capaces de valorar y manifestar valores como el amor desinteresado, la justicia y el autodominio. También nos dotó de una conciencia -o sentido moral interior- que nos ayuda a usar el libre albedrío en consonancia con lo que Él espera de nosotros, pero como es libre albedrío tenemos, a su vez, la capacidad de elegir si nos guiamos por sus principios o no. Si reconocemos este simple hecho podemos afirmar en consecuencia que el ser humano maduro ha sido creado para actuar con libertad. Si no lo reconocemos, no habría mayor diferencia entre nosotros y los animales que no debaten ni filosofan sobre la libertad, ya que simplemente viven. Por ello, el ser humano que no reconoce su procedencia atenta contra su propia naturaleza al negar la figura de quien lo dotó de libertad. Se convierte, de esta forma, en esclavo de una mentira que nadie le obligó a aceptar.
    Después de explicar lo que significa libertad y si es posible alcanzarla queda la interrogante de cómo conseguirla. Anteriormente dije que la libertad se logra cuando hacemos lo que queremos según lo que nuestras facultades perceptivas maduras -o criterio moral-, que distinguen tanto lo correcto de lo incorrecto, nos digan. También mencioné que para considerar al ser humano libre por naturaleza y que naturalmente se desarrolla para alcanzar la libertad, es imprescindible reconocer que existe quien puede elegir la opción que desee y luego llevarla a cabo pese a toda oposición, es decir, reconocer a nuestro omnipotente y libre Hacedor. Como vemos, conseguir libertad depende de conocer la verdad y de aceptarla con sinceridad.
    No obstante, si observamos el sistema mundial y sus componentes vemos que es muy difícil ser verdaderamente libres. Sus sistemas políticos abogan hipócritamente por la libertad mientras contemplan indolentes los perjuicios a los que se ven sometidas las personas, y lo que es peor, muchas veces terminan abusando del poder que la mitad de las personas más una le otorgaron gratuitamente en nombre de la libertad; las religiones promueven el amor y la unidad en sermones de una hora dominical al mismo tiempo que generan odio y fanatismo en sus feligreses, alejándolos de su Creador con falsas doctrinas que hacen imposible para muchos tan solo creer que existe o que se interesa por la humanidad; el ser humano imperfecto cada día que avanza se degrada aún más al cederle lugar a lujuriosos, vengativos, caprichosos, codiciosos, violentos y oscuros deseos que violan la libertad de muchos inocentes ocasionando gran desconsuelo, y además considero importante que sepa que el mundo entero está dominado por fuerzas espirituales inicuas que se empeñan en alejar a la gente de Dios promoviendo un espíritu de desobediencia disfrazado de espíritu de liberación. Nauseabundo.
    Lo anterior es una superficial ojeada al sistema en que vivimos. Cada vez que pienso en ello pasa por mi mente una sucesión de imágenes que hace que todo me dé vueltas. -¡Pues no nos quedemos de brazos cruzados! ¡Cambiar el mundo depende de nosotros! Le pregunto humildemente, -¿podría enderezar un árbol que desde su germinación creció torcido? La solución es arrancarlo y quemar lo que quede de él. Ese trabajo, sin embargo, no lo haremos quienes anhelamos disfrutar de verdadera libertad; no, la liberación no provendrá de hombres imperfectos. La verdad es que -y esto lo puedo gritar oceánicamente- no hay medicina, ni salvación, ni liberación definitiva para nosotros fuera del Él.