"...conocerán la verdad, y la verdad los libertará."
Veo que la humanidad busca libertad,
busca hacer lo que desee sin restricciones de ningún tipo, como las que imponen
las leyes jurídicas, morales o de convivencia. Se ha visto, de igual manera, que
por esa palabra se han librado memorables batallas, heroicas guerras y
apasionadas revoluciones. Mas veo, lamentablemente, que al mismo tiempo que la
humanidad busca libertad, divide el abstracto concepto en componentes concretos
innecesarios como libertad de expresión, sexual, política, de culto, de prensa,
etc. Y pienso que al hacerlo, la libertad como ideal pierde su valor por materializarse
en formas inventadas por seres humanos que nunca han ejercido completa libertad
y que, por tanto, no conocen su significado.
Veo también que gracias a las
formas de libertad inventadas por unos cuantos seres humanos las personas son
cada vez menos libres, lo que no me preocupa tanto como la creencia colectiva
de que somos, cada día que avanza, más libres que la noche anterior en esos
aspectos. Dicha preocupación es la que me motiva a gritar cósmicamente que no
somos libres y que nunca lo seremos a grado absoluto e ilimitado. ¿Algo nuevo
bajo el sol?
He escuchado en las conversaciones que estudiantes de cuarto
medio sostienen sobre libertad dos ideas que llaman mi atención: primero, nadie
es totalmente libre, y segundo, que para la libertad en el campo de lo humano
son esenciales ciertas restricciones o reglas que la limiten, si no, no se podría
convivir en sociedad, o ¿se consideraría con la total libertad de saltar del
piso número sesenta del edificio Costanera Center sin esperar alguna
consecuencia fatal?, o, ¿aceptaría la decisión de una libre mujer de abandonar
a su niño de pecho por el deseo de ir a una fiesta con sus amigos y amigas?, o,
¿consideraría que la actuación de un hombre que viola porque quiere a una mujer
es lo que representa la libertad que todos buscamos? Tales planteamientos están
sujetos al juicio común que posee orientando y regido por, a lo menos, tres
tipos de leyes inquebrantables e inmutables: físicas, morales y de convivencia.
A eso se referían los estudiantes de cuarto medio, lo que nos deja ver que si reconocemos
nuestra naturaleza de seres humanos que nos distingue de los modestos animales,
a saber, nuestra racionalidad, debemos aceptar la condición de que la libertad
para nosotros es relativa.Y es esa conclusión la que hace que asalten de forma espontánea nuestra mente
cuestionamientos como: ¿qué es lo que llamamos libertad?, ¿se puede alcanzar?,
de ser así, ¿cómo?, y así por el estilo. Si se anima, estimado lector, conocerá
las respuestas a esas tres preguntas.
Sin remitirnos a obras de
consulta, libertad es lo que llamamos a la condición de hacer lo que uno quiere.
Tal definición aparece de inmediato en nuestra mente porque desde que nacemos tenemos
la tendencia a hacer lo que queramos. Se puede decir que es algo indispensable
para el desarrollo y supervivencia del ser humano; una necesidad. Pensemos en un
bebé que tiene hambre. Él hará lo posible por que su madre le dé de comer, lo
que significa, en concreto, hacer lo que sea por preservar su equilibrio vital,
y para ello recurrirá a su voz de mando, el llanto. Desde pequeños, entonces,
hacemos lo que queremos para conservar nuestra vida, y a medida que seguimos creciendo
física y mentalmente nos damos cuenta que cuando actuamos libremente nos
sentimos felices. Pero llega una etapa en el que advertimos que no somos tan
libres como antes nos parecía. En ese momento empezamos a anhelar más libertad.
Ya no nos gustan las reglas y que nos digan lo que debemos hacer. Queremos ser
libres. -¡Libre!, ¡Soy libre!, dice con ímpetu el joven que adolece de
ansias de libertad. El joven, no obstante, -pasando por alto sus caprichos de
joven-, está haciendo un adelanto considerable en lo que significa convertirse
en un ser humano libre. Por lo mismo, no sería apropiado que los padres se
escandalizaran por escuchar, según ellos, palabras colmadas de rebeldía. La
realidad es que el joven pronto dejará de hacer lo que le digan y empezará a
reflexionar por sí mismo para tomar sus propias decisiones, convirtiéndose en
una persona madura capaz de discernir entre lo correcto y lo incorrecto y
actuar libremente entre esos parámetros. De esta manera, alcanza el estado
natural de ser humano, la libertad.
Luego de esta fugaz revisión del desarrollo humano podemos
decir en síntesis que libertad es, en primer término, una condición, luego una
necesidad, y por último, un objetivo del mundo humano. Pero este planteamiento
es posible sólo si reconocemos que el origen de la vida no es por ciego azar.
De ser así, un proceso aleatorio nos hubiera arrojado a la existencia de la
nada, lo que implicaría que alcanzar la madurez propicia para la libre determinación
sería tan solo una aspiración irreal porque no se lograría un estado esencial del ser humano, sino un estado
aleatorio y distinto para cada persona en distinto ambiente. Se nacería de la
nada, se llegaría a un estado aleatorio por una débil prolongación de la vida y se volvería con la
muerte a la nada. Ahora tal vez piense, entusiasta lector, que para dar fundamento
a mi planteamiento será necesario que recurra a lo Eterno y foráneo a este
mundo. Honestamente también encuentro que es necesario, porque es lo real que
sostiene nuestra realidad.
La verdad es que tal como no
dudaríamos en reconocer que una casa es construida por alguien, tampoco
dudaríamos que el que creó el universo y el ser humano es Dios. Él nos creó a
su imagen y semejanza, de manera que somos capaces de valorar y manifestar
valores como el amor desinteresado, la justicia y el autodominio. También nos
dotó de una conciencia -o sentido moral interior- que nos ayuda a usar el libre
albedrío en consonancia con lo que Él espera de nosotros, pero como es libre albedrío tenemos, a su vez, la
capacidad de elegir si nos guiamos por sus principios o no. Si
reconocemos este simple hecho podemos afirmar en consecuencia que el ser humano
maduro ha sido creado para actuar con libertad. Si no lo reconocemos, no habría
mayor diferencia entre nosotros y los animales que no debaten ni filosofan
sobre la libertad, ya que simplemente viven. Por ello, el ser humano que no
reconoce su procedencia atenta contra su propia naturaleza al negar la figura
de quien lo dotó de libertad. Se convierte, de esta forma, en esclavo de una
mentira que nadie le obligó a aceptar.
Después de explicar lo que significa
libertad y si es posible alcanzarla queda la interrogante de cómo conseguirla.
Anteriormente dije que la libertad se logra cuando hacemos lo que queremos
según lo que nuestras facultades perceptivas maduras -o criterio moral-, que
distinguen tanto lo correcto de lo incorrecto, nos digan. También mencioné que para
considerar al ser humano libre por naturaleza y que naturalmente se desarrolla
para alcanzar la libertad, es imprescindible reconocer que existe quien puede
elegir la opción que desee y luego llevarla a cabo pese a toda oposición, es
decir, reconocer a nuestro omnipotente y libre Hacedor. Como vemos, conseguir
libertad depende de conocer la verdad y de aceptarla con sinceridad.
No obstante, si observamos el sistema mundial y sus componentes
vemos que es muy difícil ser verdaderamente libres. Sus sistemas políticos
abogan hipócritamente por la libertad mientras contemplan indolentes los
perjuicios a los que se ven sometidas las personas, y lo que es peor, muchas
veces terminan abusando del poder que la mitad de las personas más una le
otorgaron gratuitamente en nombre de la libertad; las religiones promueven el amor y la unidad en sermones de una hora dominical al mismo tiempo que
generan odio y fanatismo en sus feligreses, alejándolos de su Creador con
falsas doctrinas que hacen imposible para muchos tan solo creer que existe o
que se interesa por la humanidad; el ser humano imperfecto cada día que avanza se
degrada aún más al cederle lugar a lujuriosos, vengativos, caprichosos,
codiciosos, violentos y oscuros deseos que violan la libertad de muchos
inocentes ocasionando gran desconsuelo, y además considero importante que sepa
que el mundo entero está dominado por fuerzas espirituales inicuas que se
empeñan en alejar a la gente de Dios promoviendo un espíritu de desobediencia disfrazado
de espíritu de liberación. Nauseabundo.
Lo anterior es una superficial
ojeada al sistema en que vivimos. Cada vez que pienso en ello pasa por mi mente
una sucesión de imágenes que hace que todo me dé vueltas. -¡Pues no nos quedemos de brazos cruzados! ¡Cambiar el mundo depende de
nosotros! Le pregunto humildemente, -¿podría enderezar un árbol que desde
su germinación creció torcido? La solución
es arrancarlo y quemar lo que quede de él. Ese trabajo, sin embargo, no lo
haremos quienes anhelamos disfrutar de verdadera libertad; no, la liberación no
provendrá de hombres imperfectos. La verdad es que -y esto lo puedo gritar oceánicamente- no hay medicina, ni salvación, ni liberación definitiva para
nosotros fuera del Él.